
– No quiero ir a un sexólogo. -Bajó la voz-. No es un problema mío, Isabel. Es tu problema.
– Eso no es verdad.
– Es… Pareces esquizofrénica cuando se trata de sexo. Algunas veces está bien, pero la mayoría es como si me estuvieses haciendo un favor y tuvieses prisa por acabar. Aun peor, a veces es como si no estuvieses allí.
– La mayoría de los hombres aprecia las pequeñas variaciones.
– Necesitas controlarlo todo. Quizás ése sea el motivo de que apenas te guste el sexo.
Isabel no podía soportar su compasiva mirada. Era ella la que tendría que compadecerse de él. Había elegido marcharse con una mujer mayor, sin gusto en el vestir, que veía películas malas y bebía cerveza. Y no era una esquizofrénica sexual…
Empezó a desmoronarse.
– Estás muy equivocado. ¡Siempre quiero sexo! ¡Vivo para ello! ¡Sólo pienso en sexo!
– La amo, Isabel.
– No es verdadero amor. Es…
– ¡Deja de decirme lo que siento, maldita sea! Siempre lo haces. Crees que lo sabes todo, pero no es así.
Isabel no lo creía. Sólo quería ayudar a la gente.
– No puedes controlar esto, Isabel. Necesito una vida normal. Necesito a Erin. Y necesito al niño.
Ella quería hacerse un ovillo y ponerse a aullar de dolor.
– Entonces quédate con ella. No quiero verte nunca más.
– Intenta comprenderlo. Ella hace que me sienta… no sé… seguro. Sano. ¡Tú eres demasiado! ¡Eres demasiado en todo! ¡Me vuelves loco!
– Bien. Vete.
– Espero que podamos hacer esto de forma civilizada, que sigamos siendo amigos.
– No podemos. Sal de aquí.
Y él así lo hizo. Sin decir una palabra más. Se limitó a darse la vuelta y salir de su vida.
Isabel se inclinó sobre el fregadero y abrió el grifo, pero le faltaba el aire. Llegó tambaleándose hasta la ventana de la cocina y sacó la cabeza para respirar aire fresco. Llovía. No le importó. Inspiró por la boca y rebuscó en su cabeza las palabras necesarias para rezar, pero no las encontró. Y entonces sintió el golpe.
