
Fue entonces cuando ella cayó en la cuenta. Era un gigoló.
Empezó a retirar la mano. Pero ¿por qué? Eso, simplemente, hacía que las cosas pasasen a ser en blanco y negro, algo que por lo general ella apreciaba. Llevó la copa a sus labios con la mano libre. Había ido a Italia para reinventar su vida, pero ¿cómo hacerlo sin borrar la desagradable acusación de Michael que seguía martirizándola? La hacía sentir marchita y vacía. Intentó frenar su desesperación.
Tal vez Michael fuese el responsable de sus problemas sexuales. ¿Acaso Dante, el gigoló, no había mostrado más sensualidad en esos pocos minutos que Michael en cuatro años? Tal vez un profesional podría conseguir lo que un aficionado no podía. Al menos, podía confiar en que un profesional tocaría los botones adecuados.
El hecho de que pensase siquiera en algo así la sorprendió, pero los últimos seis meses la habían atontado demasiado para escandalizarse. Como psicóloga, sabía que era imposible empezar una nueva vida ignorando los problemas del pasado. Los problemas regresaban siempre.
Sabía que no podría tomar una decisión acerca de algo tan importante si no estaba sobria. Por otra parte, estando sobria nunca habría barajado aquella posibilidad, y eso, de repente, le pareció el peor error que podría haber cometido. ¿Qué mejor uso podía darle al dinero que le quedaba que utilizarlo para desprenderse de su pasado y así poder seguir adelante? Ésa era la pieza que le faltaba al plan que había trazado para reinventarse a sí misma.
Soledad, descanso, contemplación y curación sexual…, cuatro pasos que llevarían al quinto: acción. Y todo, más o menos, en conexión con las Cuatro Piedras Angulares.
Él se tomó su tiempo para acabarse el vino, acariciándole la palma de la mano, deslizando el dedo bajo el brazalete de oro hasta alcanzar el pulso en su muñeca. Pero de pronto empezó a aburrirle aquel juego y dejó unos billetes sobre la mesa. Se puso en pie y extendió una mano hacia ella.
