Él le tocó la mano y ella bajó la vista, pero no la retiró. Por el contrario, bebió otro sorbo de su copa. Él empezó a jugar con sus dedos, dándole a entender que se trataba de algo más que un flirteo casual. Era seducción, y el hecho de que fuese algo calculado la preocupó durante unos segundos. Estaba demasiado desmoralizada para sutilezas.

«Mantén bello tu cuerpo -indicaba la Piedra Angular de la Dedicación Espiritual-. Eres un tesoro, la mayor creación de Dios…» Ella lo creía a pies juntillas, pero Michael había hecho añicos su alma, y ese ángel llamado Dante era una oscura promesa de redención, así que le sonrió y no movió la mano.

Él se inclinó un poco más sobre la mesa, sintiéndose cómodo con su cuerpo como pocos hombres eran capaces de sentirse. Isabel envidió su arrogancia física.

Juntos observaron a los bulliciosos estudiantes americanos. Él pidió una cuarta copa de vino para ella. Y ella se sorprendió flirteando con la mirada. Mira, Michael, cómo hacerlo. ¿Y sabes por qué? Porque soy mucho más sexual de lo que crees.

Le alegró que la barrera del lenguaje hiciese imposible la conversación. Su vida siempre había estado llena de palabras: conferencias, libros, entrevistas. Emitían sus vídeos por la televisión pública. Ella había hablado y hablado y hablado… ¿Y dónde le había llevado eso?

Un dedo de Ren se deslizó bajo su mano y rozó la palma en un gesto puramente carnal. Savonarola, el enemigo de cualquier forma de sexualidad en el siglo XV, había sido quemado en la hoguera en aquella misma piazza. ¿La quemarían a ella? Ella ardía ya en ese instante, y la cabeza le daba vueltas. Aun así, no estaba lo bastante borracha como para no darse cuenta de que la sonrisa de aquel hombre no alcanzaba a su mirada. Sin duda había hecho lo mismo un millón de veces. La cosa iba de sexo, no de sinceridad.



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