Olía a persona pudiente -un perfume a limpio, exótico y tentador-, pero esa esencia parecía proceder de su cuerpo. Tuvo una visión de él empujándola contra uno de aquellos antiguos edificios de piedra, bajándole la ropa y penetrándola, aunque tendrían que acabar muy rápido, y acabar no era precisamente la cuestión. La cuestión se centraba en acallar la voz de Michael para poder seguir adelante con su vida.

El vino ingerido entorpecía sus movimientos, y tropezó. Oh, era una buscona, de acuerdo. Él la detuvo y después señaló la puerta de un pequeño y lujoso hotel.

– Vuoi venire con me al'albergo.

No entendió sus palabras, pero la invitación era evidente.

«¡Quiero pasión!», le había dicho Michael. Bueno, ¿qué te parece, Michael Sheridan? Yo también quiero pasión.

Entraron en el pequeño vestíbulo. Su exquisito mobiliario era tranquilizador: cortinas de terciopelo, sillas doradas, suelo de terrazo. Al menos llevarían a cabo aquel sórdido encuentro sobre sábanas limpias. Y ése no era el tipo de lugar que escogería un lunático para asesinar a una turista ingenua y ligera de cascos.

El encargado de recepción le dio a Dante una llave, lo que significaba que estaba registrado en aquel hotel. Un gigoló de clase alta. Sus hombros se rozaron en el minúsculo ascensor, y ella supo que el calor en su estómago era fruto de algo que iba más allá del vino y la infelicidad.

Salieron a un pasillo iluminado a media luz. Isabel le miró, y a su mente acudió una extraña imagen de un hombre vestido de negro disparando un arma de asalto. ¿De dónde había salido esa imagen? A pesar de que no se sentía ciento por ciento segura con él, tampoco sentía que estuviese en peligro físicamente. Si tenía pensado matarla, debería haberlo hecho en uno de los callejones por los que habían pasado, no con un arma de asalto en un hotelito elegante.



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