
Él la llevó hasta el final del pasillo y apoyó en su brazo una mano firme, quizás una señal de que era el momento de pagar.
Oh, Dios… ¿Qué estaba haciendo?
«El buen sexo, el mejor sexo, tiene que tener lugar tanto en la mente como en el cuerpo.»
La doctora Isabel Favor estaba en lo cierto. Pero esto no tenía que ver con el buen sexo. Tenía que ver con el sexo prohibido y peligroso en una ciudad extranjera con un desconocido. Sexo para librar su mente del miedo. Sexo para asegurarse de que seguía siendo una mujer. Sexo para remendar las roturas y poder seguir adelante.
Abrió la puerta y encendió la luz. Era un gigoló caro. No era una simple habitación de hotel sino una elegante suite, aunque pequeña, con la ropa brotando de la maleta abierta y los zapatos esparcidos por el suelo.
– Vuoi un poco di vino?
Isabel reconoció la palabra «vino» y quiso asentir, pero se sintió confusa y negó con la cabeza. El gesto fue demasiado rápido, y a punto estuvo de perder el equilibrio.
– Va bene. -Un leve y cortés movimiento de la cabeza antes de dirigirse al dormitorio. Se movía como una criatura de la oscuridad, morosa y hechizada.
O quizás era ella la hechizada por no marcharse de allí. Le siguió hasta la puerta y le vio acercarse a la ventana e inclinarse para abrir las contraventanas. La brisa hizo ondear su largo y sedoso pelo, en tanto la luz de la luna le sacó destellos plateados. Él hizo un gesto hacia el exterior.
– Veni vedere. Il giardino è bellísimo di notte.
Ella sintió como si tuviese los pies hundidos en barro mientras cruzaba el dormitorio. Bajó la vista y vio una docena de mesas en un jardín atestado de flores, con las sombrillas cerradas durante la noche. Más allá de los muros podía oírse el tráfico, y ella creyó apreciar incluso un atisbo del aroma del Arno.
