– Y oficinas y restaurantes y fábricas. -Isabel limpió las filigranas con el dedo índice-. Trabajé de camarera, atendiendo mesas, durante el postrado. También lavé platos… Detestaba ese trabajo. Mientras escribía mi tesis, trabajé de mensajera para gente rica y perezosa.

– Como lo eres tú ahora, exceptuando lo de perezosa.

Isabel sonrió y se puso a limpiar la parte superior de un marco.

– Estoy intentando decirte algo. Trabajando duro y rezando uno puede lograr que sus sueños se hagan realidad.

– Si desease escuchar algo así, compraría una entrada para una de tus conferencias.

– Bueno, ahora te estoy transmitiendo mi sabiduría gratis.

– Qué suerte la mía. ¿Has acabado ya? Porque tengo que limpiar otras oficinas esta noche.

Isabel bajó del sofá, le devolvió el delantal y ordenó los productos de limpieza del carrito para que tuviese a mano los más necesarios.

– ¿Por qué me has preguntado lo de los vaqueros?

– Sólo intentaba imaginármelo. -Carlota se acabó la barra Snicker-. Siempre vas demasiado elegante.

– Tengo que mantener una imagen. Escribí Las Cuatro Piedras Angulares de una vida favorable cuando sólo tenía veintiocho años. Si no hubiese vestido de un modo conservador nadie me habría tomado en serio.

– ¿Y ahora qué edad tienes? ¿Sesenta y dos? Ya es hora de que lleves vaqueros.

– Acabo de cumplir treinta y cuatro, y lo sabes.

– Vaqueros y una bonita blusa roja, una de esas ajustadas que te marquen bien las tetas. Y zapatos de tacón alto.

– Hablando de busconas, ¿te he contado lo de esas dos mujeres que hacían la calle y que ahora asisten a mi nuevo curso?

– Esas rameras volverán a ejercer su oficio la semana que viene. No sé por qué pierdes el tiempo con ellas.

– Porque me gustan. Se esfuerzan mucho. -Isabel volvió a sentarse en su silla, empeñada en encontrarle aspectos positivos a aquel humillante artículo del periódico-. Las Cuatro Piedras Angulares funcionan para todo el mundo, ya sean chicas de la calle o santas, y tengo miles de testimonios que lo confirman.



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