Carlota resopló y encendió el aspirador, poniendo fin a la conversación. Isabel lanzó el periódico a la bolsa de basura y miró hacia la hornacina iluminada en la pared de su derecha, donde se exhibía un magnífico jarrón Lalique de cristal grabado con los cuatro cuadrados entrelazados que formaban el logotipo de Isabel Favor Enterprises. Cada uno de los cuadrados representaba una de las piedras angulares de una vida favorable:


Relaciones sanas

Orgullo profesional

Responsabilidad financiera

Dedicación espiritual


Sus detractores atacaban la idea de las Cuatro Piedras Angulares aduciendo que era demasiado simplista. En más de una ocasión la habían acusado de ser una engreída y una mojigata a partes iguales, pero ella nunca se había vanagloriado de lo que había conseguido. Y tampoco era una charlatana. Ella había puesto en pie una empresa, y también conducía su propia vida, aplicando esos principios, y le gratificaba saber que su trabajo marcaba un antes y un después en la vida de la gente. Tenía cuatro libros en su haber, y un quinto saldría a la venta en pocas semanas; además de una docena de cintas de audio; toda una gira de conferencias concertadas para el ano siguiente y una abultada cuenta bancaria. No estaba mal para tratarse de una tímida niñita crecida en un completo caos emocional.

Le echó un vistazo a su ordenado escritorio. También tenía un prometido, una boda que pensaba planificar durante todo un año y papeleo que despachar antes de poder irse a casa esa noche.

Se despidió de Carlota con un gesto cuando ésta se fue con su carrito. Después abrió un sobre de Hacienda que tendría que haber ido a parar a la mesa de Tom Reynolds, su contable y director financiero, pero éste había llamado el día anterior diciendo que estaba enfermo, y a ella no le gustaba que creciesen las pilas de asuntos pendientes.



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