
Tiró de él para ponérselo encima. Al ver que vacilaba, tiró con más fuerza, y finalmente él cedió. Su pelo rozaba la mejilla de Isabel, que notó su jadeo cuando él introdujo un dedo en su interior. Le gustó, pero él estaba demasiado cerca y el vino se removía incómodamente en su estómago. Tenía que tumbarlo de espaldas para ponerse encima.
Los movimientos de Dante se ralentizaron, haciéndose más intensos, pero ella quería hacer lo que tenían que hacer, y tiró de su cintura para urgirlo a penetrarla. Él movió las piernas y cambió de posición.
Ella comprendió que no iba a ser fácil, no como con Michael. Apretó los dientes y se restregó contra él hasta lograr que la penetrase. Aun así, él no se movía demasiado, así que tiró de su cintura, exigiéndole rapidez, que la llevase donde quería llegar, que acabara antes de que los lloriqueos invadiesen su ebrio cerebro convirtiéndose en llanto y tuviese que enfrentarse al hecho de que estaba infringiendo todo aquello en lo que creía… y ¡eso estaba mal!
Él se echó hacia atrás y la miró con aquellos ojos ardientemente gélidos. Ella cerró los ojos para no mirarle, pues resultaba impresionante. Él deslizó la mano entre sus cuerpos y la acarició, pero su morosidad sólo empeoraba las cosas. El vino se agitaba en su estómago. Ella apartó su mano y movió las caderas. Finalmente, él captó la indirecta y empezó a embestirla de forma lenta y profunda. Ella se mordió el labio inferior y empezó a sentir las arremetidas, le apartó las manos otra vez e intentó combatir aquella cruda sensación de traición hacia sí misma.
Pasaron eones antes de que él alcanzase el clímax. Ella resistió sus embestidas esperando el momento de que se dejase caer a un lado. Cuando lo hizo, ella se levantó de la cama con un brinco.
– Annette?
Ella le ignoró y se puso su ropa.
– Annette? Che problema c'è?
Ella hurgó en su bolso, arrojó un puñado de billetes sobre la cama y salió de la habitación.
