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Dieciocho horas más tarde, el terrible dolor de cabeza aún no había remitido. Se encontraba en algún lugar al suroeste de Florencia, en plena noche, conduciendo un Fiat Panda por una carretera desconocida con indicaciones en un idioma que desconocía. Su vestido de punto estaba hecho un ovillo bajo el cinturón de seguridad, y se había sentido demasiado mareada como para peinarse.

Se odiaba a sí misma por sentirse tan desorganizada, alterada y deprimida. Se preguntó cuántos errores podía cometer una mujer hasta dejar de poder llevar la cabeza bien alta. Teniendo en cuenta el actual estado de su cabeza, demasiados.

Una señal quedó atrás antes de que pudiese descifrarla. Disminuyó la velocidad, se detuvo en el arcén y dio marcha atrás. No temió que alguien pudiese chocar por detrás, porque no había visto un solo coche en muchos kilómetros.

La campiña de la Toscana tenía fama de ser preciosa, pero ella había viajado de noche, así que no había visto demasiado. Debería haberse levantado más temprano, pero no consiguió salir de la cama hasta mucho después del mediodía. Después se limitó a sentarse ante la ventana y fijar la vista, intentando rezar, pero fue incapaz de hacerlo.

Los faros del Panda iluminaron la señal: casalleone. Torció en la rotonda para observar las diferentes direcciones y comprobar que, de algún modo, se las había ingeniado para tomar la carretera adecuada. Dios protegía a los tontos.

Pero ¿dónde estabas anoche, Dios?

En algún lugar lejano a ella, sin duda. Pero no podía culpar a Dios, ni a todo el vino que había bebido, por lo ocurrido. Sus propios defectos de carácter la habían llevado a cometer aquella monumental estupidez. Había traicionado todo aquello en lo que creía, sólo para descubrir que la doctora Favor estaba en lo cierto, como solía suceder: el sexo no podía curar las heridas del alma.



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