Se preguntó si Gage sentiría remordimientos por la muerte de Karli Swenson. Tal vez se habría convertido en otro detalle a añadir en su historial de donjuán. ¿Por qué los chicos malos fascinaban a las buenas mujeres? La fantasía del rescate, suponía: la necesidad de creer que eran las únicas mujeres capaces de transformar a aquellos perdedores en maridos y padres como Dios manda. Pero eso no resultaba nada fácil.

Llegó hasta el límite del pueblo y giró en otra rotonda para ver los carteles indicadores. «Siga el camino a Casalleone unos dos kilómetros y gire a la derecha cuando llegue al mono herrumbroso.»

¿Mono herrumbroso? Se imaginó a King Kong teñido de mala manera. Dos kilómetros después, los faros perfilaron una extraña forma a un lado de la carretera. Aminoró y vio que el mono herrumbroso no era un gorila sino los restos de un motocarro, uno de aquellos minúsculos vehículos tan queridos por los campesinos europeos. Éste en particular había sido muy famoso en su tiempo, con sus tres ruedas, aunque los neumáticos hacía tiempo que habían desaparecido.

Cuando giró, las piedras golpearon contra los bajos del coche. Una señal indicaba la entrada de Villa dei Angeli. «Villa de los Ángeles», se dijo, y encaminó el Panda hacia otra serie de curvas ascendentes antes de ver las verjas de hierro que indicaban el camino de entrada a la villa. El camino de grava que buscaba estaba un poco más allá. Era poco más que un sendero, y el Panda fue dando tumbos como si descendiese por una colina, hasta tomar una curva cerrada.

Una edificación apareció frente a ella. Pisó el freno. Por un momento se limitó a mirar. Finalmente apagó el motor y las luces y apoyó la cabeza contra el asiento. La desesperación la embargó. Aquella maltrecha pila de piedras era la casa campestre que había alquilado. Nada de hermosa restauración, como había asegurado el agente inmobiliario, sino un montón de pedruscos que parecían haber sido un establo para vacas.



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