
Desde el momento en que Isabel conoció a Michael Sheridan supo que era su alma gemela. Ambos habían crecido en el seno de familias disfuncionales y habían trabajado duro para pagarse sus estudios. Él era inteligente y ambicioso, tan ordenado como ella e igualmente dedicado a su carrera profesional. Él había sido el primero en escuchar las conferencias sobre las Cuatro Piedras Angulares mientras ella las perfeccionaba, y dos años atrás, cuando ella escribió el libro, él contribuyó en uno de los capítulos ofreciendo el punto de vista masculino. Los admiradores de Isabel estaban al corriente de su relación y no dejaban de preguntarle cuándo se casarían.
A Isabel también le reconfortaban sus discretas y amables miradas. Su cara era fina y delicada, y siempre llevaba el pelo castaño muy bien peinado, No llegaba al metro ochenta, así que no se alzaba sobre ella como una torre, algo que la habría hecho sentir incómoda. Además, era una persona razonable y lógica. Y, por encima de todo, contenida. Con Michael nunca había momentos de mal humor o de estallidos repentinos. Era familiar y cariñoso, un tanto remilgado, en el mejor de los sentidos; perfecto para ella. Tenían pensado casarse el año anterior, pero ambos habían estado demasiado ocupados, y les iba tan bien viviendo separados que ella no había sentido la necesidad de precipitar el asunto. El matrimonio podía convertirse en algo caótico, en lugar de algo agradable, incluso en aquellos casos en que había buena base.
– Tengo el informe de ventas de mi nuevo libro. -Intentó controlar su amargura.
– Salió en un mal momento.
– Me he convertido en un chiste en el programa de Letterman. Mientras escribía sobre la piedra angular de la responsabilidad financiera, mi contable me estafaba.
