– Realmente estoy muy agradecido…

– Naturalmente, a cambio podré pedirte algún ocasional quid pro quo.

– Me parece razonable.

– Bien. Entonces nos hemos entendido.

La conversación, decidió Roscoe Heyward al cortar la comunicación, había sido altamente satisfactoria. Harold Austin era un hombre de lealtad consistente, que cumplía con su palabra.

Las llamadas precedentes habían sido igualmente satisfactorias.

Al hablar poco después con otro director -Philip Johannsen, presidente del Mid Continent Rubber -surgió otra oportunidad. Johannsen reconoció que francamente no se entendía con Alex Vandervoort, cuyas ideas le parecían poco ortodoxas.

– Alex es antiortodoxo -dijo Heyward-. Naturalmente tiene algunos problemas personales. No sé si las dos cosas podrán marchar juntas.

– ¿Qué clase de problemas?

– Cosas de mujeres. Pero no me gustaría…

– Es algo importante, Roscoe. Y también confidencial. Habla.

– Bueno, en primer lugar, Alex tiene dificultades matrimoniales. Segundo, tiene relaciones con otra mujer. Tercero, esa mujer es una activista de izquierda, aparece con frecuencia en las noticias, y no precisamente en el tipo de contexto que puede ser útil al banco. A veces me pregunto si tiene mucha influencia sobre Alex. Como he dicho no me gustaría…

– Has hecho bien en decírmelo, Roscoe -dijo Johannsen-. Es algo que los directores deben saber. Izquierdista, ¿eh?

– Sí, se llama Margot Bracken.

– Creo que la he oído nombrar. Y lo que he oído, no me gusta.

Heyward sonrió.

Pero quedó menos contento, sin embargo, dos llamadas después, cuando se comunicó con un director de fuera de la ciudad. Leonard L. Kingswood, presidente del consejo de la Northam Steel.



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