Hizo un gesto como para sacar uno de los pesados sillones de los directores. Pero Nolan Wainwright que estaba más cerca, se movió con más rapidez. El jefe de Seguridad hizo girar el sillón con alto respaldo hacia la mesa de reunión. Con un murmullo de gracias el presidente se acomodó allí.

Ben Rosselli saludó a los demás con la mano.

– Esto es algo informal. No tardaremos mucho. Si alguno lo desea, puede ocupar las sillas. Ah, gracias… -la última frase fue dirigida al camarero, de quien aceptó un vaso de jerez. El hombre salió, cerrando tras de sí las puertas del salón de reuniones.

Alguien acercó una silla para Edwina D'Orsey, y otros se sentaron, pero la mayoría permaneció de pie.

Fue Alex Vandervoort quien dijo:

– Evidentemente estamos aquí para celebrar… -hizo un gesto con el vaso de jerez-. Pero la cuestión es: ¿qué celebramos?

Nuevamente Ben Rosselli dejó pasar una leve sonrisa.

– Me gustaría que ésta fuera una celebración, Alex. Es simplemente una ocasión en la que he pensado que un trago no vendría mal… -hizo una pausa y súbitamente una nueva tensión invadió el cuarto. Era evidente para todos que ésta no era una reunión ordinaria. Las caras reflejaban duda, preocupación.

– Me estoy muriendo -dijo Ben Rosselli-. Los médicos me han dicho que no me queda mucho tiempo. Supuse que todos ustedes debían saberlo… -levantó su vaso, lo contempló y tomó un sorbo de jerez.

Aunque el salón había estado tranquilo antes, el silencio fue ahora intenso. Ninguno se movió ni habló. Los sonidos exteriores llegaban débilmente: el apagado teclear de una máquina de escribir, el zumbido de un acondicionador de aire; afuera, en algún lugar, el chillido de un reactor ascendió sobre la ciudad.

El viejo Ben se inclinó hacia adelante, apoyado en su bastón.

– Vamos, no hay motivo para sentirse incómodos.



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