
Edwina D'Orsey pensó: no podía elegirse el momento. En cuanto se vaciara el salón, lo que acababan de oír iba a expandirse por el banco, y más allá, como el fuego en una pradera. Las noticias iban a afectar a muchos, a algunos emocionalmente, a otros de manera prosaica. Pero, sobre todo, ella estaba como atontada y sentía que la reacción de los otros era la misma.
– Míster Rosselli -uno de los hombres más antiguos se atrevió a hablar. Pop Monroe era un viejo empleado en el departamento de depósitos, y su voz temblaba-, míster Rosselli, nos ha largado usted una buena. Nadie sabe qué decir.
Hubo un murmullo, casi un gruñido de asentimiento y simpatía.
Por encima, Roscoe Heyward inyectó con suavidad:
– Lo que podemos y debemos decir… -había una pizca de reprobación en la voz del supervisor, como si los otros hubieran debido esperar que él hablara primero- es que, aunque esta terrible noticia nos ha sacudido y entristecido, podemos estar en un error y confiar en el tiempo. Las opiniones de los médicos, como casi todos sabemos, rara vez son exactas. Y la ciencia médica puede lograr mucho para detener, incluso para curar…
– Roscoe, he dicho que ya he pasado por todo eso -dijo Ben Rosselli, con un primer asomo de impaciencia-. En cuanto a los médicos, he consultado los mejores. ¿Acaso no lo sabían?
– Sí, lo suponíamos -dijo Heyward-. Pero debemos recordar que hay un poder más alto que el de los médicos, y es deber de todos nosotros -miró con deliberación alrededor de la habitación- rogar a Dios que se apiade o que, por lo menos, conceda más tiempo del que usted cree.
