El viejo dijo con ironía.

– Tengo la impresión de que Dios ya se ha decidido.

Alex Vandervoort observó:

– Ben, todos estamos trastornados. Lamento especialmente algo que he dicho antes…

– ¿Lo del festejo? ¡No tiene importancia!… Usted no estaba enterado… -el viejo tuvo una risita-. Además, ¿por qué no? He tenido una buena vida; no todo el mundo la tiene y, por lo tanto, hay motivo para celebrar… -palmeó los bolsillos de la chaqueta, después miró alrededor-. ¿Alguno tiene un cigarrillo? Los médicos me los han prohibido.

Aparecieron varios paquetes. Roscoe Heyward gimió:

– ¿Está seguro de que le conviene hacerlo?

Ben Rosselli le miró sardónicamente y no contestó. No era un secreto que, aunque el viejo respetaba el talento de Heyward como banquero, los dos hombres nunca habían logrado intimar.

Alex Vandervoort encendió el cigarrillo que había tomado el presidente del banco. Los ojos de Alex, como los de otros en la habitación, estaban húmedos.

– En un momento como éste hay algunas cosas de las que uno se alegra -dijo Ben-. Que nos den un consejo es una, es la posibilidad de atar cabos perdidos… -el humo del cigarrillo giró a su alrededor-. Naturalmente, por otro lado uno lamenta la forma en que se han producido algunas cosas. Deben ustedes reflexionar y meditar también sobre esto.

Todos sabían qué era lo que más había que lamentar: Ben Rosselli no tenía herederos. Su único hijo había muerto en la Segunda Guerra Mundial; y más recientemente un nieto, que prometía, había muerto en la insensata pérdida de vidas del Vietnam.

Un ataque de tos sacudió al viejo. Nolan Wainwright, que estaba más cerca, se adelantó, tomó el cigarrillo que le tendían con dedos temblorosos, y lo apagó. Se hizo, entonces, evidente hasta qué punto estaba debilitado Ben Rosselli, cuánto le había fatigado el esfuerzo de hoy.



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