Hablaba fuerte y de manera despierta para tratarse de alguien que había sufrido un infarto y luego había sido revivido. Tal vez tuviera razón y no se trataba de un ataque al corazón.

—¿Cómo que no se han puesto en contacto con ella? Tiene un teléfono móvil —gritó—. ¿Dónde hay un teléfono? La llamaré yo mismo.

—No puede levantarse usted, señor Menotti —dijo una voz de mujer—. Está lleno de cables.

Vielle abrió la puerta y condujo a Joanna a la habitación, donde una enfermera intentaba en vano impedir que un hombre joven arrancara los electrodos que tenía conectados al pecho. Un hombre muy joven, de no más de treinta y cinco años, bronceado y musculoso. Parecía verdad que hacía ejercicio tres veces por semana.

—Basta —dijo Vielle, y lo empujó contra la cama, que estaba dispuesta en ángulo de cuarenta y cinco grados—. Tiene que estarse tranquilito. Su médico llegará en unos minutos.

—Tengo que ponerme en contacto con Stephanie —dijo él—. No necesito ninguna intravenosa.

—Sí que la necesita —dijo Vielle—. Nina la llamará por usted. Miró el monitor cardíaco y luego le tomó el pulso.

—Ya lo he intentado —dijo la otra enfermera—. No responde.

—Bueno, inténtalo otra vez —respondió Vielle, y la enfermera se marchó—. Señor Menotti, ésta es la doctora Lander. Ya le hablé de ella.

—Lo empujó firmemente contra la cama—. Los dejo para que se conozcan.

—No dejes que se levante —le silabeó en silencio a Joanna, y se marchó.

—Me alegro de que esté usted aquí —dijo el señor Menotti—. Usted es médico, así que tal vez pueda hacerlas entrar en razón. No paran de decir que he sufrido un ataque al corazón, pero es imposible. Hago ejercicio tres veces por semana.

—No soy doctora en medicina. Soy psicóloga cognitiva —dijo Joanna—, y me gustaría hablar con usted respecto a su experiencia en la ambulancia. —Sacó un impreso de su rebeca y lo desplegó—. Esto es un impreso estándar, señor Menotti…



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