
El busca empezó a sonar de repente.
—Lo siento —dijo, apagándolo con la mano izquierda—. Lo siento. Pero Carl continuó impertérrito, nmnm, nmnm, nmnm, nmnm, nm, nm. Ajeno. Inalcanzable.
El número que aparecía en el busca era el de Urgencias.
—Lo siento —repitió Joanna, y apagó la grabadora—. Tengo que irme.
Le palmeó la mano, que permanecía inmóvil junto a su costado.
—Pero volveré a verte pronto —dijo, y se encaminó hacia Urgencias.
—Un ataque al corazón —dijo Vielle cuando llegó—. Sacaba su coche de una zanja. Estuvo a punto de morir en la ambulancia.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Joanna—. ¿En Cuidados intensivos?
—No. Está aquí mismo.
—¿En Urgencias? —dijo Joanna, sorprendida. Nunca había hablado con pacientes en Urgencias, aunque había ocasiones en que deseaba poder hacerlo, para entrevistarlos antes de que lo hiciera el señor Mandrake.
—Se recuperó muy rápido, y ahora se niega a ser ingresado hasta que llegue el cardiólogo —dijo Vielle—. Lo hemos llamado, pero mientras tanto el tipo está volviendo loco a todo el mundo. No tuvo un ataque al corazón. Hace ejercicio en un gimnasio tres veces por semana. —Acompañó a Joanna a la sala de traumatología.
—¿Seguro que está lo bastante recuperado para hablar conmigo?
—preguntó Joanna, siguiéndola.
—No para de intentar levantarse de la cama y de exigir hablar con alguien que esté al mando —dijo Vielle, deslizándose expertamente entre un carrito de suministros y una máquina portátil de rayos X—. Si puedes distraerlo y mantenerlo en la cama hasta que llegue el cardiólogo, le harás un favor enorme a todo el mundo. Incluido él. Escucha, ahora es tu paciente.
—¿Por qué no está aquí mi médico ya? —exigió una voz de barítono procedente del otro extremo de la sala de reconocimiento—. ¿Y dónde está Stephanie?
