“Por supuesto —pensó Joanna, resignada—. Por fin encuentro a un sujeto al que Maurice Mandrake no ha corrompido aún, y no recuerda nada.”

—¿Puede recordar algo entre el momento en que… en que recibió el golpe en la cabeza y cuando se despertó en la ambulancia? —preguntó Joanna, esperanzada—. ¿Algo que oyera? ¿O que viera?

Él negó con la cabeza.

—Fue como cuando me operaron de ligamentos el año pasado. Me los rompí jugando al fútbol. En un segundo el anestesista estaba diciendo: “Respire profundamente”, y al siguiente estaba en la sala de recuperación. Y, mientras, nada, cero, niet.

Oh, bueno, al menos lo estaba entreteniendo hasta que llegara el cardiólogo.

—Le dije a la enfermera que no pude haber tenido una experiencia cercana a la muerte porque no estuve a punto de morirme. Cuando habla con gente que ha muerto, ¿qué dicen? ¿Le cuentan que han visto túneles y luces y ángeles como dicen en la tele?

—Algunos.

—¿Cree que es verdad o que se lo inventan?

—No lo sé. Eso es lo que trato de averiguar.

—¿Sabeloqueledigo? Si alguna vez sufro un infarto y tengo una experiencia cercana a la muerte, será usted la primera persona a la que llame.

—Se lo agradezco mucho.

—En ese caso, necesito su número de teléfono —dijo él, y mostró de nuevo aquella sonrisa lobuna.

—Vaya, vaya, vaya —dijo el cardiólogo, que venía acompañado por Vielle—. ¿Qué tenemos aquí?

—Desde luego, no un infarto —dijo Greg, tratando de sentarse—. Hago ejercicio…

—Vamos a ver qué está pasando —dijo el cardiólogo. Se volvió hacia Joanna—. ¿Quiere disculparnos unos minutos?

—Desde luego —dijo Joanna, recogiendo su grabadora. Salió de la habitación. No había probablemente motivos para esperar, Greg Menotti había dicho que no había experimentado nada, pero aveces, al ser interrogados de nuevo, los sujetos recordaban algo. Y él estaba dispuesto a negarlo todo. Admitir que había tenido una ECM sería admitir que había tenido un infarto.



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