—¿Por qué no lo han llevado a la UCI? —dijo la voz del cardiólogo, evidentemente hablando con Vielle.

—No me van a llevar a ninguna parte hasta que llegue Stephanie —dijo Greg.

—Viene de camino —contestó Vielle—. Me he puesto en contacto con ella. Llegará dentro de unos minutos.

—Muy bien, escuchemos ese corazón suyo y veamos qué está pasando —dijo el cardiólogo—. No, no se incorpore. Quédese ahí. Muy bien…

Hubo un minuto de silencio, mientras el cardiólogo escuchaba su corazón, y luego dio unas instrucciones que Joanna no pudo oír.

—Sí, señor —dijo Vielle.

Más instrucciones entre murmullos.

—Quiero ver a Stephanie en cuanto llegue —dijo Greg.

—Puede verle arriba —dijo el cardiólogo—. Vamos a llevarlo a la UCI, señor Menotti. Parece que ha tenido un infarto de miocardio, y tenemos que…

—Eso es ridículo. Estoy bien. Me desmayé porque me golpeó un trozo de hielo, eso es todo. No he tenido un infar… Y entonces, bruscamente, silencio.

—¿Señor Menotti? —dijo Vielle—. ¿Greg?

—Está entrando en parada —dijo el cardiólogo—. Baje esa cama y traiga un desfribilador.

El zumbido de la alarma de código de parada empezó a sonar, y llegó gente corriendo. Joanna se apartó.

—Comenzamos la RPC —dijo el cardiólogo, y algo más que Joanna no logró oír. La alarma seguía sonando, un zumbido intermitente y ensordecedor. ¿Era un zumbido o un timbre?, pensó Joanna tontamente. Y entonces, se preguntó si ése era el sonido que oían antes de entrar en el túnel.

—Traigan esas palas —dijo el cardiólogo—. Y desconecten esa maldita alarma.

El zumbido cesó. Una percha para intravenosas cayó ruidosamente al suelo.



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