
La impotencia no es otra cosa que temor de serlo.
Obedece a un diminuto y pernicioso humor cerebral que cercena todo impulso agresivo. Por un desequilibrio de flujos en la sangre, el impotente piensa (sin pensarlo) que su fuerza hará daño. Esta impotencia encierra un temor: que haya un deseo superior a su empuje, y sea tal que lo deje del todo desprovisto.
Algo importante: la única mano capaz de curar al impotente, es esa de la misma que la causa, Sólo el amor de la amada curará al amante. Y una vez curado, éste será el mejor, el más constante, duradero y (por desgracia) prolífico. La mujer del impotente acallará su angustia y no le dará voz a sus temores. Ni se te ocurra un chiste o burla genital. Al hombre, simplemente, le dirás que no hay prisa. Le darás tiempo al tiempo y por treinta y una noches seguidas esperarás con calma. Como quien mira nubes que se adensan en el horizonte después de la sequía. No temas, mujer, no serás un desierto. Tu mismo deseo irá creciendo con la falta del otro, hasta que ambos se acrecienten y contagien tanto que lleguen a lo inevitable. Lo imposible, de verdad, es que la nube no se rompa en lluvia, más temprano que tarde.
La mujer será como una pescadora. Se sentará a esperar, poniendo en vista (pero disimulada) su carne y su carnada. Poco a poco soltará los anzuelos sin que el amante note que lo rondan. Este al fin morderá.
Probado el deleite y asegurado en él, no tendrá recaídas. Pero jamás le des potajes para esto pues sembrarás la duda, y ya te dije: este mal se reduce al temor de padecerlo.
Si comes frutos amargos tu carácter no llegará a ser agrio. La esquiva suerte no se te apartará más si eres salada. No te volverás dulce a fuerza de arequipe, Y sin embargo, nada que endulce tanto las penas del espíritu corno las mermeladas.
Hay una en especial, mezcla de dos sapiencias, que mete por la boca un consuelo indecible. Comprarás una libra de las fresas corrientes, de esas que no se sirven a damas elegantes ni a caballeros tiesos, esas un poco apachurradas y picadas por pico de innumerables pájaros, y comprarás la misma cantidad de ochuvas aún en sus cartuchos tostados por el sol. Quitarás a las fresas su hoja y su pezón y sacarás las ochuvas de su vaina hasta sentir que índice y pulgar se te impregnan de aceite.
