
Lavarás ambos frutos bajo un chorro abundante de agua fría y los colarás bien. Te ingeniarás después un fuego lento, tan lento que el compuesto ha de durar, sin secarse, lo que el sol se demora en salir y ocultarse, en tiempo de equinoccio. En una olla, sin agua, sin nada, dejarás que la fruta se vaya reduciendo y reuniendo. De vez en cuando una vuelta a la cuchara. Llegará, ocho horas después, a ser un compuesto espeso. Sólo entonces pondrás setecientos gramos de azúcar muy morena, y algo de canela y cardamomo en polvo. Al final del tiempo convenido vaciarás el compuesto en recipientes de vidrio resistente.
Tendrás una conserva, qué digo, una reserva de alegría para los tiempos de desdicha. Aburrimiento, soledad, tristeza, digan lo que digan los profetas incrédulos, son más pasables si repites el gesto de llenar una cuchara con algo muy dulce que haces pasar a pascarse por tu lengua.
Los cambios más importantes de nuestras vidas ocurren de manera casi imperceptible; se realizan mediante una paulatina acumulación de detalles que, separados uno por uno, no parecen significar nada, pero que de repente, juntos, se nos manifiestan en todo su tamaño y con toda su tremenda carga de transformación. Los cambios de la edad (pasar de niñas a adolescentes a mujeres adultas a señoras viejas), aunque suceden en un proceso continuo y lento, los percibimos a saltos, como si fueran cambios discontinuos, repentinos. Cada día que pasa, aislado, no significa casi nada, pero esos días que se aglomeran para formar los años y los decenios, esos pacientes días van dando forma a nuestro rostro. Cada mañana, ante el espejo, creemos encontrar la misma persona, hasta que una madrugada desprevenida o una tarde nefasta ya no ves el pelo vivo y los ojos brillantes de la joven que esperabas ver, sino las ojeras violáceas y el cabello ralo de una señora mucho más madura que, aunque se haya convertido en otra, comprenderás que sigue siendo tú misma, tú misma aunque más vieja.
