
"Es una de las innovaciones de Wyatt," contestó él, refiriéndose al arquitecto que había renovado recientemente el teatro tras un incendio. "Así resulta más fácil ver el escenario, ¿no cree?"
"Es brillante," dijo Susannah, adelantándose hacia el borde de su asiento de modo que ella pudiera ver por delante del pilar que bloqueaba su vista. "Es… – "
Y entonces comenzó la representación, y ella enmudeció completamente.
Desde su posición en el palco contiguo al de ella, David se encontró mirando a Susannah más a menudo que a la obra. Él había visto El Mercader de Venecia muchas veces, y aunque fuera vagamente consciente de que el Shylock de aquel Edmund Kean era una interpretación realmente notable, eso no tenía comparación con el brillo en los oscuros ojos de Susannah Ballister mientras ella miraba la escena.
Tendría que volver y ver de nuevo la obra la siguiente semana, decidió. Porque esta noche él miraba a Susannah.
¿Por qué, se preguntó, había sido tan contrario a su casamiento con su hermano? No, eso no era completamente exacto. No había estado completamente en contra. No le había mentido cuando le había dicho que él no se habría opuesto a su matrimonio si Clive se hubiera decidido por ella en vez de por Harriet
Pero no le hubiese gustado que eso sucediera. Había visto a su hermano con Susannah y de alguna manera le había parecido incorrecto.
Susannah era fuego, inteligencia y belleza, y Clive era…
Bien, Clive era Clive. David lo amaba, pero el corazón de Clive se regía por una urgencia despreocupada que David no había entendido nunca, en realidad. Clive era una alegre, brillante y ardiente llama. La gente se arremolinaba alrededor de él, como las proverbiales polillas alrededor de la luz, pero inevitablemente, alguien acababa quemándose.
