
Y además, cuando él estaba cerca, ella se sentía más bien… rara. Extraña, y, de alguna forma, sin aliento. Era excitante, pero no demasiado confortable, y esto la hacía sentirse incomoda.
Así que cuando Lady Shelbourne le preguntó si quería acompañar al resto de los invitados al vestíbulo para disfrutar del intermedio, Susannah le dio las gracias, pero rehusó cortésmente. Definitivamente era mejor quedarse, permanecer allí, en un lugar donde el Conde de Renminster no estaba.
Los Shelbournes se marcharon, junto con sus invitados, abandonando a Susannah a su propia compañía, lo cual no le importó en lo más mínimo. Los tramoyistas se habían dejado, por casualidad, el telón ligeramente abierto, y si Susannah forzaba la vista, casi bizqueando, podría ver destellos de las personas que se apresuran detrás. Era extrañamente emocionante y bastante interesante.
Oyó un sonido tras ella. Alguno de los invitados de los Shelbourne debía haber olvidado algo. Poniendo una sonrisa en su cara, Susannah se giró, "Buenas no…- "
Era el conde.
"Buenas noches," dijo él, cuando se hizo evidente que ella no iba a finalizar el saludo.
"Milord," dijo ella, con evidente sorpresa en su voz.
Él la saludó con la cabeza graciosamente. "Señorita Ballister. ¿Puedo sentarme?”
"Desde luego," dijo ella, automáticamente. ¡Cielos!, ¿Por qué estaba él aquí?
"Pensé que podría resultar más fácil dialogar sin necesidad de gritar a través de los palcos," dijo él.
Susannah solamente lo miró con incredulidad. Ellos no habían tenido que gritar en absoluto. Los palcos estaban pegados el uno al otro.
Pero, se dio cuenta, un tanto frenéticamente, de que no se encontraban tan cerca como estaban ahora sus sillas. El muslo del conde casi se presionaba contra el suyo.
