
Porque se necesitaba ser muy buena actriz para decir eso, cuando todos sabían que Clive se había desentendido de ella cuando los adinerados parientes de Harriet Snowe habían comenzado a cortejarlo.
Ni siquiera era que Clive necesitara el dinero. Su hermano mayor era el Conde de Renminster, por el amor del cielo, y todo el mundo sabía que era tan rico como Creso.
Pero Clive había elegido a Harriet, y Susannah había sido públicamente humillada, e incluso ahora, casi seis meses después de aquello, la gente todavía hablaba del asunto. Incluso Lady Whistledown lo había mencionado en su columna.
Susannah suspiró y se recostó contra la pared, esperando que nadie notara su abandonada postura. Supuso que realmente no podía culpar a Lady Whistledown. La misteriosa columnista de chismes simplemente repetía lo que todos andaban diciendo. Sólo durante esta semana, Susannah había recibido a catorce visitas vespertinas, y ninguna de ellas había sido lo bastante cortés para abstenerse de mencionar a Clive y Harriet.
¿Realmente pensaban que quería oírles hablar sobre Clive y el aspecto de Harriet en la reciente velada musical de los Smythe-Smith? Como si ella quisiera saber lo que Harriet había llevado puesto, o que Clive había estado susurrándole al oído durante toda la velada.
Eso no significaba nada. Clive siempre había mostrado unos modales abominables durante las veladas musicales. Susannah no podía recordar una en la que Clive hubiera tenido la entereza de mantener la boca cerrada durante toda la interpretación.
Pero los chismes no eran lo peor de las visitas. Ese título quedaba reservado para las bien intencionadas almas que al parecer no podían mirarla con otra expresión que no fuera de compasión. Estas eran por lo general las mismas mujeres que tenían un sobrino viudo en Shropshire o Somerset o algún otro lejano condado, quien buscaba una esposa, y quizás a Susana le gustaría conocerlo, pero esta semana no porque estaba ocupado llevando a seis de sus ocho hijos a Eton.
