
Susannah luchó contra una inesperada necesidad de llorar. Solo tenía veintiún años. Y recién cumplidos, además. No estaba desesperada.
Y no quería ser compadecida.
De repente se hizo imperativo que abandonara el salón de baile. No quería estar aquí, no quería contemplar a Clive y Harriet como una patética mirona. Su familia aún no estaba lista para irse a casa, pero seguramente ella podría encontrar algún cuarto tranquilo donde pudiera retirarse durante unos minutos. Si iba a esconderse, bien podría hacerlo correctamente. Su posición en esa esquina era espantosa. Y ya había visto a tres personas mirando en su dirección y cuchicheando después tapándose la boca con la mano.
Nunca había pensado que era una cobarde, pero tampoco pensaba que fuera tonta, y realmente, sólo un tonto se sometería de buen grado a esta clase sufrimiento.
Dejó su taza de té sobre un alféizar y se excusó con Lord Middlethorpe, con quien no había intercambiado más de seis palabras, a pesar de haber permanecido de pie el uno al lado del otro durante casi tres cuartos de hora. Rodeó el salón de baile por el borde, buscando las puertas francesas que conducían al vestíbulo. Había estado aquí antes, hacía tiempo, cuando fue la señorita más popular de la ciudad, gracias a su relación con Clive, y recordó que había un cuarto de retiro para las señoras en el extremo opuesto del vestíbulo.
Pero justo cuándo alcanzó su destino, ella tropezó, y se encontró cara a cara con – oh, maldición, ¿cuál era su nombre? Pelo castaño, ligeramente rechoncha…oh, sí. Penélope. Penélope Algo. Una muchacha con la que apenas había intercambiado más de una docena de palabras. Habían debutado el mismo año, pero podrían haber residido en mundos diferentes, por la poca frecuencia con que se cruzaron sus caminos. Susannah había sido la sensación de la ciudad, una vez que Clive la eligió, y Penélope había sido… bien, Susannah no estaba muy segura de lo que había sido Penélope. Una florecilla
