
¡Infierno y condenación!, eso no era exacto. Clive había mirado a Susannah. No podía haberse preocupado menos por David – su hermano, por el amor de Dios – y la había mirado fijamente, de un modo en que, se suponía, ningún hombre miraba a una mujer que no fuera su esposa.
Los dedos de David se apretaron alrededor de su taza. Oh, muy bien, exageraba. Clive no había mirado a Susannah de forma lujuriosa (David debería saber distinguirlo, ya que él sí había estado mirándola exactamente de ese modo), pero su expresión había sido definitivamente posesiva, y sus ojos se habían encendido de celos.
¿Celos? Si Clive hubiera querido tener derecho a sentir celos por Susannah, él debería haber hecho lo malditamente correcto y casarse con ella, y no con Harriet.
Apretando la mandíbula hasta casi encajarla, David miró como su hermano conducía a Susannah alrededor de la pista de hielo. ¿La quería Clive aún? David no estaba preocupado; bueno, no demasiado. Susannah nunca se deshonraría siendo demasiado familiar con un hombre casado.
Pero, ¿ y si ella todavía lo añorara? Demonios, ¿y si ella todavía lo amaba? Dijo que ya no lo hacía, pero ¿conocía ella realmente su propio corazón? Los hombres y las mujeres tendían a engañarse a si mismos cuando estaban enamorados.
¿Y si él se casara con ella – y tenía toda la intención de hacerlo- y ella todavía amaba a Clive? ¿Como podría soportarlo, sabiendo que su esposa prefería a su hermano?
