
Se tambaleó en su asiento. "El día de San Valentín," gimió.
"No puedes evitarlo," dijo Clive alegremente.
David le lanzó una mirada asesina.
"Creo que es hora de que me despida," murmuró Clive.
David no se molestó ni en mirar a su hermano cuando se marchó.
El día de San Valentín. Le pareció como una perfecta sincronización. Hecho a medida para declararse a alguien.
¡Ajá!. Hecho a medida si uno fuera del tipo locuaz, romántico y poético, lo cual David, sin la menor duda, no era.
El día de San Valentín.
¿Qué demonios iba a hacer?
* * *
A la mañana siguiente, Susannah despertó sintiéndose nada descansada, nada feliz y saludable, y definitivamente nada refrescada.
No había dormido.
Bueno, por supuesto había dormido, si una quería ser fastidiosamente preciso. No es que hubiera estado sin poder dormir la noche entera. Pero sabía que había visto dar la una en punto en el reloj. Y recordaba vagamente haberlo mirado también a las dos y media, las cuatro y media, las cinco y cuarto, y a las seis. Por no mencionar que se había ido a la cama a medianoche.
Así que sí había dormido, pero sólo a ratos.
Y se sentía fatal.
Lo peor de todo era – no solamente que estuviera cansada. Ni siquiera que estuviera gruñona y malhumorada.
Le dolía el corazón.
Mucho.
Dolía como nada que hubiera sentido antes, un dolor casi físico. Algo había ocurrido entre ella y David el día anterior. Había comenzado antes, tal vez en el teatro, y había ido creciendo, pero culminó cuando cayeron en el montón de nieve.
Ellos se habían reído, y ella había observado sus ojos. Y por primera vez, lo había visto realmente.
