Así que Joel no sabía muy bien qué hacer cuando empezó la segunda hora de espera. Tenía muchas ganas de ir al baño, pero si hablaba con un transeúnte o llamaba a alguna puerta y preguntaba si podía aliviarse dentro, corría el riesgo de llamar una atención no deseada. Así pues, juntó las piernas con fuerza e intentó concentrarse en otra cosa. Las opciones eran los ruidos desconcertantes ya mencionados o su hermano pequeño. Eligió a su hermano.

A su lado, Toby permanecía en un mundo en el que se adentraba la mayor parte de las horas que pasaba despierto. Lo llamaba Sose y era un lugar habitado por personas que le hablaban con dulzura, conocidas por su bondad con los niños y animales y por sus abrazos, que daban libremente siempre que un niño pequeño tenía miedo. Con las rodillas subidas y el flotador aún en la cintura, Toby tenía un lugar donde apoyar la barbilla, y era lo que había estado haciendo desde que él y Joel se habían sentado en el escalón. Durante todo ese rato, había tenido los ojos cerrados y había viajado a donde más prefería estar.

La posición de Toby mostraba su cabeza a su hermano, la última cosa que Joel deseaba ver -aparte de un intruso inquietante en la calle-. Porque la cabeza de Toby, con sus grandes claros sin cabello, hablaba de un descuido en sus obligaciones. Era una declaración y una acusación: ambas señalaban a Joel. El pegamento había sido la causa de la pérdida de cabello de Toby, que en realidad no era una pérdida, sino el efecto doloroso de unas tijeras, el único modo de liberar su cuero cabelludo de lo que un grupo de jóvenes acosadores le había tirado encima. Esta banda de matones potenciales y los tormentos que infligían a Toby siempre que tenían oportunidad sólo eran dos de las razones por las que a Joel no le importó irse de East Acton. Debido a los acosadores, nunca era seguro que Toby fuera solo a comprar chucherías a Ankaran Food and Wine; las escasas veces que Glory Campbell les daba dinero para el almuerzo en lugar de sándwiches de queso y pepinillos, si Toby lograba conservar el dinero en el bolsillo hasta la hora señalada, sólo era porque, por una vez, los pequeños gamberros se habían fijado en otro niño.



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