Sin embargo, los niños tenían los sentidos totalmente ocupados: por el frío, por el ruido infatigable del tráfico del paso elevado de Westway y de la línea del metro de Hammersmith and City, que -en esta sección de la ruta- no era subterránea, y por las ganas cada vez mayores, al menos para Joel, de ir al baño.

Ninguno de los chicos conocía la zona, por lo que en la penumbra que pronto se convirtió en oscuridad, comenzó a adquirir cualidades inquietantes. El sonido de voces masculinas acercándose significaba que podían ser abordados por miembros de alguna de las bandas de traficantes, atracadores, ladrones de casas o tironeros que dominaban la vida de este complejo de viviendas de protección oficial. El sonido escandaloso de la música rap de un coche que pasaba por Elkstone Road, justo a su izquierda, declaraba la llegada del cerebro de esa misma banda, que los abordaría y exigiría un tributo que no podían pagar. Cualquiera que entrara en Edenham Way -la pequeña calle en la que se encontraba la casa de su tía- se fijaría en ellos, los interrogaría bruscamente y llamaría a la Policía cuando no dieran las respuestas apropiadas. Entonces llegaría la pasma. Después, vendrían los Servicios Sociales. Y esas palabras «Servicios Sociales» -que siempre se escribían con eses mayúsculas, al menos en la mente de Joel- eran algo similar al coco. Si bien, en un momento de frustración o en un intento desesperado por conseguir la colaboración de sus hijos recalcitrantes, los padres de otros niños podían decir: «Haced lo que os digo u os juro que llamo a los Servicios Sociales», para los niños Campbell la amenaza era real. La marcha de Glory Campbell los había acercado un paso más. Una llamada a la Policía conseguiría el resto.



18 из 636