Antes de este momento, East Acton y una pequeña casa adosada constituían sus circunstancias: un salón mugriento y una cocina más mugrienta abajo, tres dormitorios arriba, un trozo de césped lleno de parches delante, alrededor del cual se alzaba en herradura la terraza de casitas, como una colección de viudas de guerra a los tres lados de una tumba. Era un lugar que cincuenta años atrás pudo ser agradable, pero generaciones sucesivas de habitantes habían dejado su impronta, y la impronta de la generación actual consistía básicamente en bolsas de basura en la puerta, juguetes rotos en el único sendero que recorría la U de la terraza, muñecos de nieve de plástico y varios Papá Noel rechonchos, además de renos colgados de noviembre a mayo en los tejados prominentes de las ventanas del mirador, y un charco de barro en medio del césped, presente ocho meses al año, que alimentaba a los insectos como si fuera el proyecto de entomología de alguien. Joel se alegraba de marcharse de aquel lugar, aunque irse implicara un largo vuelo en avión y una nueva vida en una isla muy distinta a la única isla que había conocido hasta el momento.

«Ja-mai-ca.» Su abuela no decía la palabra, más bien la entonaba. Glory Campbell alargaba «mai» hasta que sonaba como una brisa cálida, grata y suave, llena de promesas. «¿Qué me decís, vosotros tres? Ja-mai-ca.»

«Vosotros tres» eran los niños Campbell, víctimas de una tragedia representada en Old Oak Common Lane un sábado por la tarde. Eran la prole del hijo mayor de Glory, que había muerto, como su segundo hijo, aunque en circunstancias totalmente distintas. Joel, Ness y Toby, se llamaban. O «los pobrecillos», como Glory se acostumbró a referirse a ellos en cuanto su hombre, George Gilbert, recibió los papeles de la deportación y vio en qué dirección soplaría probablemente el viento de la vida de éste.

Que Glory empleara ese lenguaje era algo nuevo.



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