
Pero todo eso cambió con la llegada de los papeles de la deportación de George. Cuando abrieron el sobre beis y lo leyeron detenidamente, digirieron y comprendieron el contenido, y cuando se puso en marcha toda la maquinaria legal para retrasar si no frustrar lo inevitable, Glory se despojó en un instante de cuarenta años de «Dios salve al monarca actual». Si su George se iba a Ja-mai-ca, ella también. Y allí no hacía falta el inglés de la Reina. En realidad, podía ser un impedimento.
Así que el tono, la melodía y la sintaxis lingüísticos pasaron de la versión encantadoramente antigua de la pronunciación estándar al inglés meloso y agradable del Caribe. Estaba adoptando las costumbres de su tierra, decían los vecinos.
George Gilbert se había marchado de Londres primero, escoltado hasta Heathrow por agentes de inmigración que cumplían con la promesa del primer ministro actual de poner remedio al problema de los visitantes que se quedaban más tiempo del que les permitía el visado. Fueron a buscarle en un coche particular y miraron la hora mientras se despedía de Glory acompañado a conciencia de una cerveza Red Stripe jamaicana, que había empezado a beber previendo el retorno a sus raíces. «Venga con nosotros, señor Gilbert», le dijeron, y lo agarraron de los brazos. Uno de ellos se llevó la mano al bolsillo como si buscara unas esposas por si George no colaboraba.
Pero George estaba encantado de irse con ellos. Las cosas no habían sido iguales en casa de Glory desde que los nietos habían aterrizado como tres meteoritos humanos procedentes de una galaxia que nunca había alcanzado a comprender.
