Brillaba en la oscuridad con una amenaza negra, pero esa amenaza quedaba atenuada por las aves acuáticas posadas en el borde del agua y que cloqueaban en los juncos. La luz del lugar iluminaba un pequeño embarcadero de madera. Un sendero bajaba hacia él describiendo una curva. Los niños lo recorrieron. Caminaron por la madera y se agacharon en el borde. A su lado, los patos saltaron al agua y se alejaron chapoteando.

– Qué pasada, ¿verdad, Joel? -Toby miró a su alrededor y sonrió-. Podemos hacer un fuerte aquí. ¿Podemos? Si lo construimos detrás de los arbustos, nadie…

– Chist.

Joel tapó la boca de su hermano con la mano. Había oído lo que Toby, con la emoción, no había escuchado. Un sendero acompañaba el canal Gran Union por encima de donde estaban y justo detrás de Meanwhile Gardens. Varias personas estaban cruzándolo, hombres jóvenes, parecía.

– Dame una calada de ese porro, joder. No te hagas de rogar.

– Tienes pasta o no, porque yo no soy una hermanita de la caridad, tío.

– Vamos, sabemos que pasas hierba por todo el barrio.

– Eh, no me jodas. Tú sabes lo que sabes.

Las voces se diluyeron cuando los chicos pasaron por el sendero encima de ellos. Joel se levantó cuando desaparecieron y subió por el margen. Toby susurró su nombre con miedo, pero Joel le hizo callar con la mano. Quería saber quiénes eran los chicos porque quería saber de antemano qué auguraba aquel lugar. Sin embargo, cuando llegó al sendero que habían tomado las voces, lo único que vio fueron unas formas, perfiladas en la curva que describía el camino. Había cuatro, todas vestidas de manera idéntica: vaqueros anchos, sudaderas con las capuchas puestas y anoraks encima. Caminaban arrastrando los pies, entorpecidos por el tiro bajo de los vaqueros. Así vestidos, no parecían amenazantes, pero su conversación indicaba otra cosa.



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