A la derecha de Joel, se oyó un grito y vio a alguien a lo lejos en un puente sobre el canal. A su izquierda, los chicos se giraron a mirar quién los llamaba. Un rastafari, dedujo Joel por su aspecto. Agitaba una bolsa de sándwich en el aire.

Joel había visto suficiente. Se agachó y se deslizó por el margen hasta Toby.

– Vamos, tío -dijo, y levantó a su hermano.

– Podemos hacer el fuerte… -dijo Toby.

– Ahora no -le dijo Joel. Lo condujo en la dirección por la que habían venido, hasta que estuvieron de vuelta, al amparo de la seguridad relativa del porche de su tía.

Capítulo 2

Kendra Osborne regresó a Edenham Estate poco después de las siete de la tarde, tras doblar la esquina de Elkstone Road en un viejo Fiat Punto reconocible -para aquellos que la conocían- por la puerta del copiloto, en la que alguien había pintado con espray: «Chúpamela», un imperativo en rojo y goteante que Kendra había dejado, no porque no pudiera permitirse repintar la puerta, sino por falta de tiempo. En este momento de su vida, tenía un trabajo e intentaba labrarse una carrera en otro. El primero era detrás de la caja de una tienda benéfica a favor de la lucha contra el sida en Harrow Road. El segundo eran los masajes. Había completado un curso de dieciocho meses en el Instituto de Formación Profesional Kensington and Chelsea y llevaba seis semanas intentando establecerse como masajista autónoma.

Tenía en la mente un plan doble respecto al negocio de los masajes. Utilizaría la pequeña habitación de invitados de su casa para los clientes que desearan acudir a ella, y se desplazaría en coche, con la mesa y los aceites esenciales en el maletero, para los clientes que desearan que ella acudiera a ellos. Naturalmente, en este caso cargaría un extra. Con el tiempo, ahorraría el dinero suficiente para abrir un pequeño salón de masajes propio.



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