
Víctor no se ha despeinado del todo y todavía tiene las manos limpias y una sonrisa.
– No bebo a esta hora.
– A mucha gente le pasa lo mismo. Por eso Víctor está limpio y sonriente.
Ollie se ha sentado en un sillón donde el cuerpo parece estar de sobra. Fuma un cigarro de discreta calidad, tratando de que las cenizas no caigan sobre el piso brillante del hall. Su vista sube, baja, gira y se detiene en los cuadros de las paredes, en los muebles, en todo ese lujo que adorna la sala confortable pero deshabitada.
"Que viejo esta", piensa la secretaria vieja, que ha entrado por una puerta enorme y se acerca al gordo con una sonrisa.
– El señor Wayne lo recibirá en un momento -le dice y aún cuando ha terminado de hablar sostiene su mirada a través de los lentes.
– Gracias -contesta el gordo, e inclina la cabeza a modo de saludo. A ella le parece que el juego es el mismo de siempre, solo que falta Stan para levantar su sombrero y responder al saludo.
El gordo no se ha movido del sillón y continua mirando discretamente a su alrededor, hasta descubrir un par de pistolas que se cruzan formando una equis sobre la pared, justo frente a él. A la derecha, una bandera norteamericana cuelga inmaculada, como si alguien se tomara el trabajo de lavarla de vez en cuando, de cuidar sus pliegues imperfectos.
Apaga el cigarro y se arrellana en el asiento. Hace mucho tiempo que no ve a John y le da un poco de vergüenza visitarlo para pedirle trabajo. Stan le ha dicho que no se apresure. No le hablo mal de Wayne porque nunca habla mal de nadie, pero él se dio cuenta de que no le cae simpático. Tal vez haya sido una imprudencia molestarlo, interrumpir su trabajo.
La puerta se abre y la secretaria, solemne y curiosa, le indica que pase. Transpone la puerta enorme y encuentra el vacío. Allá, a lo lejos, un cowboy se pone de pie y levanta los brazos, jovial y descansado, como si acabara de despertarse de una siesta.
