
– ¿Los diez de Hollywood?
– Sabe de que hablo: los juicios de Joe.
– Los conozco, pero nada más.
– Espero que no me mienta -dijo el detective-. la política ha dejado fuera de carrera a más actores que la droga. Usted conoce bien todo eso. Si Joe veía rojo era para echar a correr. Sé de uno de los condenados. Paso nueve meses preso por vender bonos para el partido. Él quería ayudar a los otros detenidos y lo metieron adentro. Su vida resultó un desastre: uno puede ser un desgraciado y seguramente ira preso. Haga la prueba. Señale a los culpables de su suerte y le darán una buena celda. Hágase rico o sea un rebelde famoso y lo aplaudirán.
– No se enoje, detective.
– No estoy enojado -Marlowe levanto la voz-, pero me molesta que se haga el inocente, Laurel.
– No entiendo -Stan bajo el tono.
– Déjelo.
– Una vez Buster Keaton me dijo que habíamos cometido un error, porque nuestros argumentos se basaban en la destrucción de la propiedad privada y en el ataque a la policía. Decía que la gente se reía de eso, pero en el fondo nos odiaba.
– ¿Dónde esta ahora Keaton?
– Creo que en Canadá, haciendo películas de turismo. Está en la miseria.
– ¡No me diga!
– Muchos cómicos terminaron así. Chaplin se salvo.
– ¿Se salvó? -se burlo el detective.
– A él también lo persiguieron. Tuvo que irse.
– Vea, amigo, cuando en este país lo persiguen a uno en serio, es difícil escapar. Chaplin fue un rebelde famoso, lleno de mujeres y de millones. Joe no tenía interés en meterlo a la sombra. Un día de estos volverá a pasear su esqueleto por Hollywood y le harán reverencias. Es posible que le levanten un monumento. Usted y yo estaremos pidiendo limosna en la entrada de los estudios.
– No exagere -respondió el actor.
– Esta bien. Estoy sintiendo frió. Cambiemos este billete de cien en lo de Víctor. Prepara un gimlet de primera y a esta hora el bar está casi desierto.
