
– Cuando vuelva iré a uno de los partidos de Jake -prometió Blake, mientras Maxine contemplaba la lluvia torrencial que golpeaba las ventanas de su consulta. ¿Y cuándo sería eso?, pensó ella, pero no dijo una palabra.
Él respondió a su pregunta no verbalizada. La conocía bien, mejor que ninguna otra persona del planeta. Esta había sido la peor parte de separarse de él. Estaban muy a gusto juntos y se querían muchísimo. En cierto modo, eso no había cambiado. Blake formaba parte de su familia, siempre lo sería, y era el padre de sus hijos. Esto era sagrado para ella.
– Estaré allí para Acción de Gracias, en un par de semanas -dijo.
Maxine suspiró.
– ¿Se lo digo ya a los niños o espero?
No quería desilusionarlos otra vez. Blake cambiaba de planes de un día para otro y los dejaba plantados, tal como había hecho con ella. Se distraía con demasiada facilidad. Era lo que más detestaba de él, sobre todo cuando hacía sufrir a sus hijos. Blake nunca veía la expresión de sus caras cuando Maxine les decía que al final su padre no iba a ir.
Sam no recordaba a sus padres viviendo juntos, pero quería a Blake de todos modos. Tenía un año cuando ellos se divorciaron. Estaba acostumbrado a la vida tal como era ahora, dependiendo de su madre para todo. Jack y Daffy conocían mejor a su padre, aunque los recuerdos de los viejos tiempos también se habían desdibujado.
