Al principio Blake tenía que trabajar duro para levantar su negocio y, tras su golpe de suerte, simplemente no estaba nunca. Siempre se hallaba en cualquier otra parte divirtiéndose. Quiso que Maxine dejara la consulta, pero ella no pudo. Había trabajado demasiado para llegar donde estaba. No se veía sin trabajar y no le apetecía hacerlo, por muy rico que fuera su marido de repente. Ni siquiera era capaz de imaginar el dinero que había ganado. Finalmente, aunque le quería mucho, le resultó imposible seguir. Eran polos opuestos en todos los sentidos. La meticulosidad de ella contrastaba demasiado con el caos que creaba él. Allí donde estaba él había una avalancha de revistas, libros, papeles, sobras de comida, bebidas derramadas, cáscaras de cacahuete, pieles de plátano, refrescos a medio beber y bolsas de comida rápida que había olvidado tirar. Siempre llevaba encima planos de su última casa y sus bolsillos estaban llenos de notas sobre llamadas que tenía que hacer y no hacía nunca. Al final las notas se perdían. La gente llamaba preguntando dónde estaba Blake. Era brillante en los negocios, pero en todo lo demás su vida era un desastre. Maxine se cansó de ser la única adulta, sobre todo cuando nacieron los niños. Por culpa del estreno de una película a la que quiso asistir en Los Ángeles se había perdido el nacimiento de Sam. Cuando ocho meses después a una canguro se le cayó Sam del cambiador y el bebé se rompió la clavícula y un brazo y sufrió una contusión fuerte en la cabeza, Blake estaba ilocalizable. Sin decírselo a nadie, había volado a Cabo San Lucas para ver una casa en venta diseñada por un lamoso arquitecto mexicano al que admiraba. Había perdido el móvil por el camino y tardaron dos días en localizarle. Sam se recuperó, pero, cuando Blake regresó a Nueva York, Maxine le pidió el divorcio.

En cuanto Blake ganó su fortuna el matrimonio dejó de funcionar.



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