– Entonces nos vemos la noche de Acción de Gracias – dijo Blake al final de la conversación-. Te llamaré por la mañana para decirte a qué hora llego. Contrataré un servicio de catering para que nos prepare la cena. Estás invitada -dijo generosamente, con la esperanza de que aceptara. Todavía disfrutaba de su compañía. Para él no había cambiado nada, seguía pensando que era una mujer fantástica. Solo habría querido que se relajara y se divirtiera más. Creía que se tomaba demasiado a pecho la ética de trabajo puritana.

Mientras se estaba despidiendo de Blake, sonó el interfono. Había llegado el paciente de las cuatro, el muchacho de quince años. Maxine colgó y abrió la puerta de la consulta para dejarle pasar. El chico se sentó en uno de los grandes sillones antes de mirarla a la cara y saludar.

– Hola, Ted -dijo ella tranquilamente-. ¿Cómo te va?

El se encogió de hombros, mientras ella cerraba la puerta y empezaba la sesión. El chico había intentado ahorcarse dos veces. Maxine lo había mandado hospitalizar tres meses, aunque en las últimas dos semanas que llevaba viviendo en casa parecía haber mejorado. A los trece años había empezado a mostrar síntomas de ser bipolar. Maxine le veía tres veces por semana, y una vez a la semana el chico asistía a un grupo para adolescentes con antecedentes de suicidio. Estaba mejorando y Maxine mantenía una buena relación con él. Sus pacientes la apreciaban. Tenía mucha mano y se preocupaba enormemente por ellos. Era una buena psiquiatra y una buena persona.

La sesión duró cincuenta minutos. Después Maxine tuvo un descanso de diez minutos, devolvió algunas llamadas y empezó la siguiente sesión del día con una anoréxica de dieciséis años.



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