Como siempre, fue un día largo, duro e interesante, que exigía una gran concentración. Al terminar, consiguió devolver el resto de las llamadas y a las seis y media regresó a casa caminando bajo la lluvia y pensando en Blake. Se alegraba de que volviera por Acción de Gracias y sabía que sus hijos estarían encantados. Se preguntó si esto significaba que también estaría en Navidad. En todo caso querría que los niños se reunieran con él en Aspen. Normalmente pasaba allí el Fin de Año. Con tantas opciones interesantes y tantas casas era difícil saber dónde estaría en determinado momento. Y ahora que Marruecos se añadía a la lista, sería aún más difícil conocer su paradero. No se lo tenía en cuenta, así eran las cosas, aunque a veces fuera frustrante para ella. Blake no tenía malicia, pero tampoco ningún sentido de la responsabilidad. En muchos aspectos, Blake se negaba a crecer. Lo cual le convertía en un compañero delicioso, siempre que no esperaras mucho de él. De vez en cuando los sorprendía haciendo algo realmente considerado y maravilloso, y de repente volvía a esfumarse. Maxine se preguntó si las cosas habrían sido diferentes si no hubiera conseguido su fortuna a los treinta y dos años. Eso había cambiado la vida de Blake y la de todos ellos para siempre. Casi deseaba que no hubiera ganado todo ese dinero con aquel golpe de suerte con su puntocom. Antes de eso su vida había sido muy agradable a veces. Pero con el dinero todo había cambiado.

Maxine conoció a Blake cuando era residente en el hospital de Stanford. El trabajaba en Silicon Valley, en el mundo de las inversiones en alta tecnología. Entonces hacía planes para su incipiente empresa, que ella nunca comprendió por completo, pero le fascinó su increíble energía y pasión por las ideas que estaba desarrollando. Coincidieron en una fiesta a la que ella no tenía ganas de ir, pero una amiga la había convencido. Llevaba dos días trabajando en la unidad de traumatología y estaba medio dormida cuando los presentaron.



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