
Blake la siguió unos segundos después. La muchacha cerró los ojos con fuerza y gritó mientras caía libremente durante un minuto; entonces abrió los ojos y vio que le indicaba por gestos que tirara del cordón de apertura del paracaídas. De repente estaban planeando en un lento descenso hacia el suelo y él le sonreía y levantaba los pulgares en señal de triunfo. Belinda no podía creer que lo hubiera hecho dos veces en una semana, pero él era así de carismàtico. Blake podía lograr que la gente hiciera cualquier cosa.
Belinda tenía veintidós años y trabajaba como supermodelo en París, Londres y Nueva York. Había conocido a Blake en Miami, en casa de unos conocidos. El acababa de llegar de su casa de Saint-Bart con su nuevo 737 para reunirse con un amigo, aunque para el salto había alquilado un avión más pequeño con piloto.
Blake Williams parecía experto en todo lo que hacía. Era esquiador de clase olímpica desde la universidad; había aprendido a pilotar su jet, con la supervisión de un copiloto, dado su tamaño y complejidad.
