Belinda ya estaba a punto de caer en sus brazos. Era solo su tercera cita, pero Blake había logrado que el paracaidismo sonara tan tentador que, tras su segundo cóctel, Belinda había aceptado, entre risas, la invitación de saltar en paracaídas con él. No sabía en lo que se metía, y ahora estaba nerviosa y se preguntaba por qué se habría dejado convencer. La primera vez que saltó, con los dos instructores que había contratado Blake, se había muerto de miedo, pero también había sido emocionante. Y saltar con Blake sería la experiencia definitiva. Se moría de ganas. Era tan encantador, tan guapo, tan extravagante y tan divertido que, aunque apenas lo conociera, estaba dispuesta a seguirlo y a probarlo prácticamente todo con él, incluso a saltar de un aeroplano. Pero en el momento en que él le cogió la cara y la besó, se sintió aterrorizada otra vez. La emoción de estar junto a él se lo puso más fácil. Tal como le habían enseñado durante las lecciones, saltó del avión.

Blake la siguió unos segundos después. La muchacha cerró los ojos con fuerza y gritó mientras caía libremente durante un minuto; entonces abrió los ojos y vio que le indicaba por gestos que tirara del cordón de apertura del paracaídas. De repente estaban planeando en un lento descenso hacia el suelo y él le sonreía y levantaba los pulgares en señal de triunfo. Belinda no podía creer que lo hubiera hecho dos veces en una semana, pero él era así de carismàtico. Blake podía lograr que la gente hiciera cualquier cosa.

Belinda tenía veintidós años y trabajaba como supermodelo en París, Londres y Nueva York. Había conocido a Blake en Miami, en casa de unos conocidos. El acababa de llegar de su casa de Saint-Bart con su nuevo 737 para reunirse con un amigo, aunque para el salto había alquilado un avión más pequeño con piloto.

Blake Williams parecía experto en todo lo que hacía. Era esquiador de clase olímpica desde la universidad; había aprendido a pilotar su jet, con la supervisión de un copiloto, dado su tamaño y complejidad.



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