
Y hacía años que practicaba el paracaidismo. Tenía extraordinarios conocimientos de arte y poseía una de las colecciones más famosas de arte contemporáneo y precolombino del mundo. Entendía de vinos, de arquitectura, de navegación y de mujeres. Disfrutaba con las mejores cosas de la vida y le gustaba compartirlas con las mujeres con las que salía. Poseía un máster en administración de empresas por Harvard y una licenciatura por Princeton; tenía cuarenta y seis años, se había jubilado a los treinta y cinco y dedicaba toda su vida al exceso y al placer, y a compartir la diversión con los demás. Era exageradamente generoso, tal como los amigos de Belinda le habían explicado, y la clase de hombre con el que cualquier mujer querría estar: rico, inteligente, guapo y entregado a la diversión. Pero, a pesar del enorme éxito que obtuvo antes de jubilarse, no había en él un gramo de mezquindad. Era el partido del siglo, y aunque la mayoría de sus relaciones de los últimos cinco años hubieran sido breves y superficiales, nunca acabaron mal. Las mujeres seguían queriéndolo, incluso después de que sus fugaces aventuras terminaran. Mientras flotaban en el aire hacia una franja muy bien elegida de playa desierta, Belinda le miró con los ojos rebosantes de admiración. No podía creer que hubiera saltado de un avión con él, aunque sin duda había sido la cosa más emocionante que había hecho en su vida. No creía que volviera a repetirlo, pero cuando sus manos se unieron en el aire, rodeados de cielo azul, supo que recordaría a Blake y ese momento el resto de su vida.
– ¿Verdad que es divertido? -gritó él, y ella asintió.
Todavía estaba demasiado abrumada para hablar. El salto con Blake había sido mucho más emocionante que el de días atrás con los instructores. Apenas podía esperar para explicar a todos sus conocidos lo que había hecho y sobre todo con quién.