Ninguna de sus amistades podía creer que en su posición hubiera sido tan justa. No existía ningún contrato prematrimonial que protegiera los bienes de él, ya que no tenía ninguno cuando se conocieron. Ella no quiso quedarse nada de su marido, le amaba, quería lo mejor para él y le deseó suerte. Todo esto había contribuido a que al final él la apreciara más que nunca, y por ello habían seguido siendo amigos. Maxine siempre decía que Blake era como tener un hermano descarriado y, tras el impacto inicial de ver que salía con chicas que tenían la mitad de sus años, o de los de ella, se lo había tomado con filosofía. Su única preocupación era que fuera bueno con sus hijos.

Maxine no había tenido ninguna relación seria después de él. La mayoría de los médicos y psiquiatras que conocía estaban casados, y la vida social de Maxine se limitaba a sus hijos. Durante los últimos cinco años había tenido suficiente con su familia y su trabajo. De vez en cuando quedaba con hombres que conocía, pero no había saltado la chispa con nadie desde Blake. Resultaba difícil superarle. Era irresponsable, informal, desorganizado, un padre inepto a pesar de sus buenas intenciones, y un marido desastroso al final, pero en su opinión no había hombre en el planeta más bueno, más honesto, que tuviera más buen corazón o fuera más divertido. A menudo deseaba tener el valor para ser tan despreocupada y libre como él. Pero ella necesitaba una estructura, unos cimientos firmes, una vida ordenada y no tenía el mismo anhelo que Blake, o sus agallas, para perseguir sus sueños más disparatados. A veces le envidiaba.

No había nada ni en los negocios ni en la vida que fuera demasiado arriesgado para Blake, por ello siempre había tenido tanto éxito. Para eso había que tenerlos bien puestos, y Blake Williams los tenía. Maxine se sentía como un pequeño ratón en comparación con él. A pesar de ser una mujer realizada, lo era a una escala más humana. Era una lástima que su matrimonio no hubiera funcionado, aunque Maxine estaba inmensamente contenta de haber tenido a sus hijos. Eran la alegría y el centro de su vida, y todo lo que necesitaba por ahora. A los cuarenta y dos años, no estaba desesperada por encontrar a otro hombre. Tenía un trabajo gratificante, pacientes por los que se preocupaba mucho y unos hijos preciosos. Por ahora era suficiente, y a veces más que suficiente.



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