– Tenemos tantas casas estupendas y hay tantas cosas que quiero hacer…

Acababa de financiar una obra en Londres, de un dramaturgo joven al que hacía dos años que patrocinaba. Le encantaba ser un mecenas de las artes, mucho más de lo que le gustaba quedarse en casa. Amaba a su esposa y adoraba a sus hijos, pero le aburría vivir todo el año en Nueva York. Maxine había aguantado durante ocho años los constantes cambios en su vida, y ya no podía más. Quería estabilidad, regularidad y la clase de vida convencional que Blake aborrecía ahora. Definía el concepto de «espíritu libre» de formas que Maxine nunca se habría planteado. Y como de todos modos nunca estaba en casa y casi siempre resultaba imposible localizarle, pensó que estaría mejor sola. Cada vez le costaba más engañarse creyendo que tenía marido y que podía contar con él para algo. Al final se dio cuenta de que no podía. Blake la amaba, pero el noventa y cinco por ciento del tiempo estaba fuera. Tenía su propia vida, intereses y objetivos que prácticamente ya no la incluían a ella.

Así que con lágrimas y aflicción, pero con el máximo respeto, ella y Blake se habían divorciado hacía cinco años. El le dejó el piso de Nueva York y la casa de Southampton, y le habría cedido más casas de haberlo querido ella, pero no quiso. También le había ofrecido un acuerdo económico que habría asombrado a cualquiera. Se sentía culpable por haber sido un marido y un padre ausente los últimos años, pero debía admitir que el arreglo le convenía. No le gustaba reconocerlo, pero, confinado a la vida que Maxine llevaba en Nueva York, se sentía como en una camisa de fuerza dentro de una caja de cerillas.

Ella rechazó el acuerdo económico y solo aceptó la pensión para los hijos. Maxine ganaba más que suficiente en su consulta para mantenerse y no necesitaba nada de él. En su opinión, el golpe de suerte había sido de Blake, no de ella.



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