A los cuarenta y dos años, era toda una especialista en su campo y, como tal, era admirada y reconocida por sus colegas. Rechazaba más ofertas para dar conferencias de las que aceptaba. Entre sus pacientes, las colaboraciones con organismos locales, nacionales e internacionales, y su propia familia, sus días y su calendario estaban repletos.

Era siempre muy estricta cuando se trataba de pasar tiempo con sus hijos: Daphne, de trece años; Jack, de doce y Sam, que acababa de cumplir los seis. Como madre divorciada, se enfrentaba al mismo dilema que cualquier madre trabajadora: intentar compaginar sus responsabilidades familiares y su trabajo. No recibía prácticamente ninguna ayuda de su ex marido, que solía aparecer como un arco iris, apabullante y sin avisar, para desaparecer poco después. Todas las responsabilidades relacionadas con sus hijos recaían única y exclusivamente sobre ella.

Maxine miraba por la ventana pensando en ellos, mientras esperaba que llegara el siguiente paciente, cuando sonó el interfono de la mesa. Supuso que Felicia iba a anunciarle que su paciente, un chico de quince años, estaba a punto de entrar. En cambio, la secretaria dijo que su marido estaba al teléfono. Al oírlo, Maxine frunció el ceño.

– Mi ex marido -recordó. Hacía cinco años que Maxine y los niños estaban solos y, en su opinión, se las arreglaban muy bien.

– Perdona, siempre dice que es tu marido… olvido que… -Blake resultaba encantador y simpático, e incluso le preguntaba por sus novios y su perro. Era de esas personas que no podías evitar que te gustaran.

– No te preocupes, a él también se le olvida -comentó Maxine secamente y sonrió al descolgar el teléfono.

Se preguntó dónde estaría en ese momento. Con Blake nunca se sabía. Hacía cuatro meses que no veía a sus hijos. En julio se los había llevado a ver a unos amigos en Grecia, aunque prestaba su barco a Maxine y a los niños en verano.



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