
Yo estaba vestida como él quería. Y no me disgustaba complacer sus gustos estéticos y sus deseos: yo era la que él deseaba. El hecho de que me gustara o no era absolutamente secundario, porque gustarle a él era lo más importante.
Estábamos sentados afuera, habíamos ocupado una mesa en un restaurante que se encontraba exactamente detrás de Piazza Teatro Massimo.
El verano acababa de terminar y el otoño hacía que se viera más débil el ligero bronceado de mi piel. Las calles volvían a estar tranquilas por la noche después del caos que constantemente se había apoderado de ellas. La mesa se apoyaba oblicuamente en la calle, ya que el adoquinado no era perfecto. Del restaurante provenía una música reggae y se me escapó una sonrisa cuando su expresión asumió el tono del estupor: yo sabía perfectamente que aquella música era para él lo más distante que podía existir. Hubiera preferido un lugar más discreto, hubiera querido usar adjetivos como “delicioso”, “exquisito” o “gracioso” para poder describirlo. Éste, en cambio, lo habría definido como “ruidoso”, “vulgar” y “juvenil”. Pero se limitó a mirarme y a extrañarse del lugar todo lo que era posible.
– Es extraordinario cómo consigues hacerme decir cosas que nunca me dije ni siquiera a mí mismo -dijo.
Me limité a sonreír. No lo estaba escuchando.
– Cuando te hablo de mis sueños perdidos, de la vida que me has dado, siento por primera vez que no estoy siendo juzgado. Siento que soy estimado. ¿Entiendes lo que digo?
Hice un gesto con la cabeza. Tenía todo el aspecto de estar aburrida.
