Dejó de hablar durante algunos minutos y luego, mirándome intensamente, me preguntó:

– ¿Qué piensas de mí?

Lo último que debe hacer un hombre es preguntarme qué pienso de él.

No pienso nada, no hay nada que pensar. Si te amo, te amo, si me das asco, me das asco. ¿Es tan difícil? ¿Quieres saber qué pienso? Pienso que debería dejar de importarte lo que la gente piensa de ti. Pienso que eres egoísta, malvado e incluso ciego. Pienso que estuviste hablando durante toda la noche y que no has entendido que yo estaba en otra parte. Pienso que estás tan ávido de mí que ni siquiera mínimamente has sentido, mientras hacíamos el amor, que mi cuerpo estaba tan chato y quieto como este costoso vino que está adentro de esta copa.

Me miró con ojos de perro apaleado. Esperaba.

Bebí un trago de vino y respondí:

– Pienso que eres una buena persona.

– ¿Sabes? Nunca me sentí tan libre. Ni siquiera con mi esposa -dijo sin prestar atención a las palabras que yo acababa de pronunciar.

Yo no tenía ganas de hablar. Él sí tenía ganas. Dejé que continuase.

– Siempre me haces sentir malestar en el estómago, el cerebro y la lengua, un malestar que me vuelve pasivo e impotente. ¿Sabes lo que eso significa, no? ¿Lo sabes? -su tono se había vuelto acusatorio, era como si me estuviera reprochando algo.

Alcé los hombros y dije en voz baja:

– No, no lo sé. Yo siempre quise mucho mi propia libertad.

Le tembló el labio y continuó, más violento que antes:

– Eres muy chica y ciertas cosas no puedes entenderlas. ¡No sabes cómo se siente uno cuando está privado de sí mismo, viendo a los propios sueños perdidos por culpa de gente racional, conciente, adulta! Yo era como tú: no quería crecer, me sentía libre. Pero alguien me jodió. Y también te joderán a ti -dijo haciendo rechinar los dientes.

– Puntos de vista -respondí.

– No sabes nada, no sabes cómo me siento.



11 из 65