No, y no tengo ganas de saberlo.

– Sí que lo sé, Claudio. Pero, te lo ruego, no me hables siempre de lo mismo.

– ¿Y qué te gustaría escuchar? ¿Que la vida es bella, que la gente te ama, que vivir es como dar vueltas en una calesita?

Sonreí abiertamente y exclamé:

– ¿Por qué no?

Empezó a llorar ahogando la voz. Las lágrimas le brotaban de los ojos y mojaban su cara arrugada.

Lo miré con compasión y le susurré:

– Todo irá bien. Es mejor que volvamos a casa, debes calmarte.

Asintió y se alejó de la mesa sin saludarme.

Me quedé sola, entré al local y sonreí mientras la música golpeaba contra las paredes. Cien veces buenas noches.

6

Sus ojos eran móviles, parecían mojados por las lágrimas, parecían asombrados, frágiles, parecían maleables. Y sin embargo violaban, trituraban, insultaban, reprochaban.

El auto detenido en un camino, en medio del campo, a los pies del Etna; la lluvia que apenas había dejado de golpear el parabrisas, el olor a tierra podrida, mi bombacha y mis medias tiradas por ahí, mis cabellos pesados a causa de la humedad, su aliento penetrante y el olor de su loción para después de afeitarse. Los pañuelos sobre el tablero, el color de las flores, violeta, amarillo y rojo, los camiones que avanzaban detrás de nuestras cabezas, las abejas que golpeaban convulsivamente contra la ventanilla. El sudor, la saliva y los humores, el olor a tela húmeda, el tintinear del cinturón, el sol que reaparecía tímidamente, la pasión, la prisa, el ansia, los celos, la impotencia, la inconsistencia, la ilusión, la mentira, la indiferencia, incluso el dolor.

Había de todo, excepto amor.

7

Mi piel se volvió transparente. De improviso todos mis poros se abrieron hasta que mi cuerpo se volvió un único, gran poro. Mi cuerpo como de vidrio.



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