
De todos modos, durante esos viajes, yo me encontraba muy bien. Dejaba la ventanilla cerrada porque odiaba el viento que se filtraba por la ventanilla del auto que corría… parecía una espada girando en el aire, o bien el lazo de un cowboy. Me gustaba el sonido de la radio y me gustaba el sonido de tu voz mientras hablabas con papá. Mia Martini y Mina, Ricardo Cocciante y Loredana Bertè: esa era la columna sonora de mis pensamientos. Esas canciones que cantabas a voz en grito y que yo aprendía y las susurraba tímidamente porque me avergonzaba mi voz ronca y masculina. Amores rotos, amores perdidos, amores olvidados: estos fueron los temas de mi infancia.
A menudo me vencía el sueño. Era estupendo dormir en el auto, protegida por un vientre artificial que permanecía con vida gracias a un motor. Casi me parecía estar volviendo adentro de tu panza. A propósito: ¿qué sensación te daba tenerme adentro? ¿Me sentías una intrusa o bien una parte de ti? ¿Pesaba mucho? Tú fuiste siempre tan pequeña, tan menuda… ¿tener otra vida dentro no dificultaba tus movimientos? ¿Me hablabas? ¿Qué me decías?
Ayer le pedí a Thomas que me chupara las tetas como si estuviera chupando leche. Es un período materno, el mío. Todo eso me hace bien, me hace sentir mujer.
Seriamente: ¿sabes qué pensaba durante esas excursiones tan largas? Pensaba: “Un día me gustaría publicar mi diario, escribir acerca de mi vida. Debo pensar seriamente en tener uno… aunque sé que pronto me cansaría de escribir”.
