Un día le pedí a papá que me regalara un diario con un candado grande. Durante una semana, todos los días, cuando volvía a casa le preguntaba: “Papi, ¿me compraste el diario?”. Siempre se lo preguntaba mientras cenábamos, siempre en voz baja; y se lo preguntaba cuando la mesa ya estaba hundida en el silencio, no quería interrumpir. Cada vez que le preguntaba si me había comprado el diario sentía culpa. Cuando él me decía: “No”, yo no me enojaba: era la respuesta más adecuada a una pregunta tan indiscreta como la que había hecho. Si me lo hubiese traído, me lo habría dado enseguida, ¿qué sentido tenía que se lo preguntara?

Algunas semanas después me llevaste en el auto, me hiciste bajar y entramos en la librería. La señora esquelética que estaba detrás del mostrador, esa con ojos de pescado hervido y cabellos finos, finos, finos, era la mamá de una compañera mía de la escuela. Me gustaba esa mujer, parecía un hada disfrazada de bruja. Todos mis compañeros de clase le tenían miedo; yo, en cambio, hasta podría decir que la encontraba bella. Me indicaste un estante donde había cuadernos, lápices, lapiceras y otros útiles de escritorio; en medio de todo eso estaba tirado un diario. La tapa era de raso blanco, un blanco sucio. Estaba ilustrada con una chica rubia con una flor roja montada a una moto. El diario era muy delgado, no tendría más de veinte hojas. Y el candado parecía muy frágil, dorado y sucio, con algunas manchas marrones. Era el único que había. Era un sobrante de los años ochenta. Me fui contentísima, el diario era horrendo, pero me gustaba muchísimo. El hada disfrazada de bruja te lo cobró mil quinientas liras.

Pero mi habitual incoherencia hizo que pronto abandonara el proyecto. Escribí solamente cinco páginas, me cansé enseguida.

“Escribiré cuando no pueda evitar decir algo”, me prometí a mí misma. Odiaba tener que escribir algo que no tuviera sentido.



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