Quería irme, me preguntaba qué estaba haciendo allí.

“Ver a gente importante”, eso es lo que mi condición me impone hacer. Pero mi alma y mi cuerpo se rebelan completamente.

Para mí no es gente importante la que está sentada alrededor de esta mesa invadida por el asado y la humedad. Ese actor me importa bien poco, ese editor puede tranquilamente irse a la mierda, esa fotógrafa puede aplastar su cuerpo contra una de sus creaciones y quedarse a vivir allí dentro para siempre.

Porque eso es lo que nosotros, seres humanos, hacemos: quedarnos atrapados dentro de nuestras creaciones, nuestros mundos. Y nadie puede salvarnos de nuestros mundos, nadie puede sacarnos de allí.

Y mientras todos brindan por mi éxito y por mil éxitos más yo repito en mi cabeza una sola cosa: “Váyanse todos a cagar, estúpidos chupamedias. Quisiera ver sus caras si les hiciera ver mi concha”.

Y aprieto la mano de Thomas mientras le susurro:

– Sácame de aquí, ahora.

10

Estoy comiendo galletas saladas, del otro lado suena un jazz delirante en el estéreo y afuera llueve. Tengo los muslos tan amplios que puedo apoyar los codos encima de ellos.

Tengo la voz ronca. Esta mañana estuvo aquí Maximiliano, ese amigo mío napolitano del que te hablé alguna vez; a veces viene a verme y cuando sonríe nunca consigo entender si está triste o qué.

– Tengo miedo -le susurré.

Él me miró con compasión e incomodidad y dijo:

– ¿De qué?

– De que él me engañe… -respondí.

– ¿Qué te hace pensar eso?

– Nada… lo siento.

Me miró asintiendo y enseguida comprendí en qué estaba pensando.

Abrí los ojos todo lo que pude y le grité:

– ¿Piensas que estoy loca?

Él me dijo que estoy confundiendo la realidad, que el mundo en el que creo estar viviendo no es el mundo real.



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